Se me llenan las manos de primeras veces

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A mí de pequeña me gustaba bailar. Recuerdo que me gustaba sentir como algo se deslizaba por mis músculos. Cada vez que estiraba el brazo hacia el aire, me gustaba el rizo que hacían juntos. Como de alguna manera podía expresar un lenguaje con todo aquello que me rodeaba, y respirando para acompasarlo. Como si algo que estuviera digeriéndose, en otro tiempo, en otra dimensión, se pudiera sentir acompasado. No identificándote con nada, pues un lenguaje nuevo se estaba expresando, e iba enterándome de qué se trataba mientras iba avanzándo. Tocándo primero de una forma, deslizando de otra, escuchando la contestación, en un sonido fuerte, como un elefante tocando la trompeta en una selva donde los pájaros trinan y el agua corre y, todo eso desliza una frecuencia que se oye ralentizada en mis oídos. Y, como si estuviera en un planeta sin atmósfera, me voy moviendo como sea, tan solo como sea. A mitad de proceso. Me paro, observo. Porque puedo pararme cuando quiera a observar. Sigue el baile. Oigo gotas de agua caer de las piedras. Están hablándome. Oigo sus texturas como corren por las huellas de mis dedos, como apreso su frialdad, con una leve humedad en su interior que brota hacia la superficie desde donde parece que nos tocamos. Estoy en una cueva, allá donde ahora hablan. Se me llenan las manos de primeras veces. Contenidas las cosas que brillan sobre todo aquello que nos decimos. No parece que haya un tiempo y espacio para entender, pero está sucediendo. De nuevo siento como ese lenguaje llega ralentizado, como a veces, me pasa con mi voz, que va entrecortada cuando yo la escucho en mi espacio particular a la velocidad de la luz. No hay palabras conocidas, hay palabras entendidas ya, que luego se dicen. Puedo oler como un espacio, como el oler un espacio por primera vez, donde te notas rodeado por paredes, donde el aire lo sientes observado, al ubicarlo entre unas paredes que ahora haces por ver.

Escuchas, hay alguien más. Otro humano, con una forma y una superficie, que toma sus pasos para entenderse. Para entenderos. Como lo haces. Le oyes hablar con las plantas. En tu escucha, estás añadiendo en esa conversación. Notas de silencio, de darse cuenta, de veros, de integraros en esa otra dimensión, mientras conectas de otra forma tan continua, que vuestras pieles las percibes separadas y unidas a la vez. Dice alto y claro un sonido extendido, como cuando tus piernas se estiran para acompañar el aire que se mueve junto a ti. Como esos caminos de madera, que van alrededor de las rocas grandes de algunas zonas de la tierra. Parecen hablarse. Parecen decir en cada estiramiento de maderas, texturas de piedras, poros rellenos de agua, agujeros de sol seco, y aire entrecruzado, que se ven. Se escuchan. Se vinculan. Se saben en ellos. Por eso te amo, no te temo, ni te enguño, porque tú eres yo, y cuando vas avanzando en cada paso es a mí a quien encuentras. Es el otro. Puedo entenderlo. Puedo entenderlo desde un espacio interior único, creado por y para mí, para poder ver esa conexión, ese vínculo, ese darse cuenta de como partes de mí se conectan en lenguajes nuevos. Se encuentran, y luego mi mente puede enterarse en cada segundo, y en cada pared que hago por ver. Los observo desde el espacio neutro que se miran los universos. Y es una decisión situarme desde aquí e ir aprendiendo el lenguaje que desde pequeña no ha dejado de comunicarse conmigo.

 

#dialogocreativo #comunicacioncontucentro #desdeelvinculo

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